Del 31 de mayo al 16 de junio de 2024 / Parque de El Retiro
Hoy lunes 3 de junio la Feria abrirá al público a partir de las 18:00 por aviso de alerta naranja.

¿Qué leen los que construyen el mundo del libro?

La Feria quiso averiguar qué hay en las estanterías de algunos de los implicados en la cadena de valor del libro.
Librera en ua caseta de la FLMadrid23

Gonzalo Queipo, librero de Tipos Infames: «Seguimos leyendo para encontrar la sorpresa»

El Taller de Ideas de la Biblioteca Municipal Eugenio Trías acogió ayer martes la mesa redonda ¿Qué leen los escritores y las escritoras? ¿Es la lectura una ciencia?’. Moderada por Carlos Fortea y con la participación de los escritores Marta Sanz, Eloy Tizón y Laura Aparicio. La mesa giró en torno a qué ocurre en las estanterías de los escritores y las escritoras, cuál es el viaje del libro que acaba allí y por qué hay veces que el azar es quien recomienda las lecturas. Esta jornada sobrevoló por las estanterías de todos aquellos que trabajan con pasión para que un libro llegue a manos de los lectores y de las lectoras. Tizón argumentó que los libros son los que mejor recomiendan otros libros. Un escritor lee, o debería leer todo lo que cae en sus manos, pero la atracción entre ejemplares y el propio azar es, sin duda, algo reseñable. «El azar no como fuerza ciega, sino como azar inteligente», sentenció.

Sanz protestó contra las recomendaciones algorítmicas que reinan en plataformas digitales como Spotify. Se refirió al algoritmo como una perversidad que «no te deja buscar ni perderte». En esta misma búsqueda, casi al final del encuentro, una de las asistentes se atrevió a formular la pregunta maldita: «¿Qué libro nos recomendáis?». Tizón reconoció que le parecía una locura elegir solo una obra, pero concedió el honor a la obra Stoner, de John Williams. Sanz recordó El bello verano, de César Pavese, y Aparicio, Sensación térmica, de Mayte López. En relación a cómo se descubre una obra o por qué un libro cae en tus manos, Sanz habló del sentido de la epifanía, del descubrimiento de un libro o un autor que marca una trayectoria de lectura para siempre. Habló de la relación personal que se crea, el vínculo poderoso que existe entre un lector y el autor de un libro. A este respecto, Aparicio añadió que los lectores se convierten en una especie de coautores: «ellos cierran lo que tú has escrito».

La lectura como arma

Detrás de la caseta de la editorial Fórcola, la número 181 de la Feria, el editor Javier Jiménez hablaba de pasión y vocación. Llegó a la distribución editorial tras ser empleado de una librería, más tarde de una editorial y, en sus propias palabras, «me cansé de vender libros de otros». Un sello editorial, afirma Jiménez, es una proyección de la personalidad. El editor aseguró que una editorial de pequeño calado no responde a la moda, ni a las tendencias. Jiménez resumió: «Es la creación de una marca al margen de las novedades, un catálogo personal». La vocación es la parte fundamental. La lectura le da sentido a la vida, dijo desde las bambalinas de la caseta. «Un editor de raza es esencialmente un lector. La lectura es el arma más poderosa de contagio. Las editoriales fidelizan al lector», afirmó Jiménez. Por eso, para él, la Feria no es solo una librería al aire libre, es una celebración del libro. «Año a año a la Feria los editores venimos a sembrar lectores. No a cosechar. Nosotros lo que hacemos es construir una sociedad lectora»

Hay tres libros indispensables en la estantería de Jesús Fernández, de la distribuidora Distrifer: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; La madre, de Máximo Gorki; y Mal de altura, de Jon Krakauer. Cada uno de estos libros dejó una marca invisible en Fernández, que ha dedicado su vida a la distribución literaria y se enfrenta a un mercado lleno de retos, precisamente para hacer posible que en las bibliotecas domésticas se cuelen obras indispensables. Fernández nació en el oficio, «Estoy aquí por tradición familiar», concretamente por su padre, quien llegó a tener una librería, y un bibliobús con el que llevaba libros educativos a los pueblos durante los años setenta. «Eran libros de educación, que en los pueblos no había»

El mercado de la distribución, aseguró Fernández, es una serie de retos y desafíos constante. Hay diferentes formas de hacer negocio, pero la diferencia se marca, dice el distribuidor, cuando no se busca la rentabilidad. «Las grandes distribuidoras están dirigidas más a lo comercial que a lo cultural y hay que adaptarse y saber en qué escenario estamos actuando». Frente a las grandes distribuidoras, los pequeños negocios, aseguró Fernández, «somos el valor añadido». 

Las bibliotecas de las librerías

El periodista Jesús Marchamalo moderó la mesa La biblioteca de los libreros, con Lola Larumbe, Pepa Arteaga y Gonzalo Queipo, de la librería Alberti, Miraguano y Tipos infames, respectivamente. Marchamalo indagó en cómo nace una librería y los retos y desafíos a los que se enfrenta. Bajo la premisa de que, detrás de un librero siempre hay un gran lector, Marchamalo puso el foco en las idiosincrasias de cada uno: si marcan las esquinas de las páginas, si escriben en el margen de los libros, si tienen un autor fetiche, o dos, o mil… Los libreros pudieron compartir con los asistentes los recuerdos sobre grandes autores que conocieron a través del mundo de las librerías. Larumbe contó que fue a preguntar al propio Rafael Alberti si podían continuar utilizando su nombre en el negocio tras el traspaso. El sí fue rotundo. Arteaga recordó con cariño el paso por Miraguano de Almudena Grandes o Carmen Martín Gaite. Marchamalo guió un «ejercicio de nostalgia lectora», como él mismo definió, que Larumbe achacó a la lluvia que acompañaba la tarde de ayer. Arteaga confesó su compulsividad al leer, Queipo, que se deja llevar: «Seguimos leyendo para encontrar la sorpresa».

La mesa redonda compartió lo que llamaron la «constante lectora», compuesta de clásicos como Cortázar, Ferlosio, Laforet… y bucearon en sus recuerdos para dar con el momento o los momentos en los que se convirtieron en lectores. Larumbe contó que en su casa había mucha gente. «Era uno de los pocos momentos de intimidad que se podían tener».

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