La realidad, en muchas ocasiones, puede parecer una película de terror en sí misma. Tal vez por eso proliferan los relatos que intentan ordenarla, ya sea desde la conspiración o desde la comedia, que la deforma lo suficiente como para hacerla, al menos, un poco más asequible.
En la Feria del Libro de Madrid, esto se traduce en conversaciones que buscan darle sentido: lectores y lectoras en busca de explicaciones, autores y autoras que proponen nuevas formas de mirar y charlas donde la conspiración y la comedia aparecen como vías distintas —aunque no tan lejanas— de interpretar lo que nos rodea. Y es que asumir lo que ocurre a nuestro alrededor puede resultar inquietante: la impotencia, la ignorancia o la sobreinformación generan un vértigo que, muchas veces, intentamos apaciguar a través de relatos que ofrezcan una sensación, aunque sea provisional, de claridad. La comedia es uno de esos recursos en los que nos acomodamos, y hoy tomó protagonismo.
Cuando la realidad da vértigo
En ese contexto, asumir la realidad puede resultar, en sí mismo, un ejercicio difícil. Herramientas como la comedia o las teorías conspirativas ofrecen cierto alivio al construir ficciones inmersivas desde las que habitar —o esquivar— lo que ocurre. En Lo raro es la vida, Noel Ceballos, Clara Jiménez e Ignatius Farray abordaron precisamente esta cuestión: por qué recurrimos a estos relatos y cómo pueden ser, al mismo tiempo, útiles y peligrosos. «Para mucha gente, la vida da mucho vértigo. Y un plan bastante terrorífico es asumir la vida», señalaba Ceballos. En esa línea, Farray apuntaba que tanto la comedia como las conspiraciones no solo entretienen, sino que reorganizan la realidad en versiones distorsionadas pero más digeribles: «La comedia se puede interpretar como una gran teoría de la conspiración: trastoca la realidad». Jiménez, por su parte, situó el problema en la necesidad de ofrecer respuestas cerradas: «A veces la gente piensa en nosotros como una especie de Ministerio de la Verdad. Pero yo hago un recorrido para que entiendan y lleguen por sí mismos a esa conclusión». Ese momento de conexión con la realidad y asentamiento de la verdad más allá de la paranoia es, precisamente, lo que busca dejar en manos del espectador.
La tragedia también se ríe
Hay veces en las que, para sobrevivir a la realidad, lo único que queda es reír. No porque eso ofrezca una solución, sino porque, ante lo abrumador, funciona como una forma de desahogo. Y cuando ese gesto aparece en un formato tan íntimo como la poesía, el efecto se intensifica: un modo de sostener aquello que no siempre encuentra cauce. En esa línea se movió la conversación entre Carlos Pardo, Berta García Faet, Laura Chivite y Luis Chaves en ‘Revolver las palabras’, moderada por José Pulido. Ese umbral del dolor al que nos enfrentamos también se cruza con la forma en que cada cual cuenta su historia desde un lugar distinto. Luis Chaves señalaba que la manera en que un escritor hace humor tiene mucho que ver con su forma de ser y con su voz propia, y que no es raro que un texto escrito desde la seriedad termine siendo leído como algo cómico por otras personas. Para Laura Chivite, esa ambigüedad es central: «La intersección entre el humor y la tragedia es la vida misma», afirmaba, explicando que son precisamente esas imágenes híbridas, entre lo doloroso y lo absurdo, las que atraviesan su escritura.
En el caso de Berta García Faet, el humor también responde al temperamento. Su escritura, decía, revela un desdoblamiento entre un humor neurótico ligado a momentos de fragilidad y otro absurdo que se manifiesta desde la calma. Carlos Pardo, por su parte, llevaba la reflexión un paso más allá. Si la realidad no tiene sentido en sí misma, somos nosotros quienes se lo otorgamos. «Construimos seriedades de nuestra vida», señalaba, reivindicando el humor, incluso en su vertiente más idiota, como una forma de templar lo que nos ocurre y relativizar la solemnidad con la que a menudo nos contamos a nosotros mismos.
Entre el susto y la risa
¿Por qué a veces nos reímos cuando algo nos da miedo? El vínculo entre la comedia y el terror fue uno de los ejes de ‘Morirse de la risa’, con María Fernanda Ampuero, Luis Muiño, Carlos M. Valera y Elaine Vilar Madruga, moderados por Marjorie Eljach. Desde una perspectiva biológica, Muiño explicaba que el cerebro tiende a anticiparse a los acontecimientos y a buscar patrones. Cuando detecta una anomalía, el sistema nervioso se activa y envía una señal a la amígdala. Este mecanismo opera tanto en el miedo como en la risa, ya que en ambos casos el cerebro intenta descifrar un enigma y adentrarse en territorios desconocidos.
Aunque comedia y terror puedan parecer géneros opuestos, Valera apuntaba que su construcción es muy similar: tanto el chiste como el susto dependen de un efecto que solo se comprueba en la práctica, de manera incierta y contextual. De ahí que quienes trabajan con estos registros desarrollen una cierta obsesión por provocar esas reacciones. «¿Quién no se acuerda con cariño de las malas películas de terror?», ironizaba. Pero la risa no solo acompaña al miedo: también puede ser una forma de no sucumbir ante él. María Fernanda Ampuero relató cómo, en su libro Subasta, su protagonista logra salvarse de una situación de violencia a través de una risa casi esquizofrénica, inspirada en la figura de las brujas: cuerpos no hegemónicos, solitarios y difíciles de domesticar que, precisamente por ello, incomodan. Muiño recordó, además, que la risa ha sido históricamente una herramienta contra el poder. No es casual, señalaba, que las dictaduras teman con frecuencia a quienes se burlan de ellas. Cuando surge desde dentro y no como una imposición externa, la risa puede convertirse también en una forma de sanación y desmitificación del trauma: «es como un desintoxicante». En esa misma línea, Elaine Vilar Madruga apuntó al humor como una herramienta de subversión capaz de alterar las jerarquías establecidas. En La tiranía de las moscas, explicaba, el humor permite que su protagonista abandone el papel de víctima para convertirse en victimaria y, en cierto modo, en heroína, desplazando así los lugares tradicionales del poder.
La conversación también se detuvo en la infancia como territorio donde lo cómico y lo inquietante conviven sin contradicción. Vilar señalaba que muchas infancias son «chistosamente macabras», mientras que Ampuero apuntaba que la voz infantil en la literatura adulta implica un pacto particular: el niño narra desde el desconocimiento, pero el lector comprende el trasfondo. En ese cruce, donde lo que se dice y lo que se entiende no coinciden del todo, aparece una forma de humor que es, al mismo tiempo, profundamente perturbadora.
Quizá, al final, la risa y el miedo no estén tan lejos como pensamos. Ambos nacen de ese mismo impulso por entender lo que nos desborda, por darle forma a aquello que no termina de tenerla. En ese cruce, el humor no siempre alivia ni resuelve, pero sí permite mirar de frente lo inquietante, aunque sea desde un lugar torcido. Y tal vez sea ahí donde reside su potencia: no en hacer desaparecer el miedo, sino en hacerlo, por un momento, habitable.
Fotos © Gustavo Valiente


