Hay personajes que nunca terminan de encontrar su lugar. Personas que interpretan un papel para encajar, que exageran sus propias rarezas o que simplemente observan el mundo desde los márgenes. Lejos de ser una excepción, la Feria del Libro de Madrid convirtió hoy a esos inadaptados, excéntricos y antihéroes en protagonistas de varias de las charlas de la tarde. Porque si algo demostraron los encuentros de la jornada es que la literatura lleva siglos encontrando en quienes no encajan una de fuentes de inspiración más fértiles.
La reflexión comenzó en ‘Esto lo diría alguien como tú’, donde Pantomima Full, Joaquín Reyes, Eva Soriano y La Prados abordaron los estereotipos, los clichés y las máscaras que utilizamos para relacionarnos con los demás. Todos reconocieron haber exagerado alguna vez rasgos propios hasta convertirlos en una versión amplificada de sí mismos.
Eva Soriano recordó cómo llegó a fingir ser hiphopera para integrarse en un grupo; La Prados confesó que en Barcelona se vuelve más andaluza de lo que es cuando regresa a Andalucía; y Pantomima Full admitió que, en más de una ocasión, termina reconociéndose en aquellos personajes de los que se burla.
La conversación acabó revelando algo que atraviesa buena parte de la tradición humorística: la comedia suele sentirse mucho más cómoda entre las grietas que en la perfección. «Da más risa la derrota que la victoria», señalaron los creadores manchegos. Incluso los triunfos, para resultar cómicos, necesitan mostrar alguna fisura. La victoria impecable rara vez provoca una carcajada; el tropiezo, la contradicción o el ridículo, casi siempre.
Nadie es completamente normal
La misma intuición apareció poco después en ‘Auge y caída: el camino del antihéroe’, con Miqui Otero, Andrés Barba y Elisa Victoria. Moderados por Andrea Toribio, que tomó como referencia Orquesta, de Miqui Otero, y Vozdevieja, de Elisa Victoria. Los tres fueron desde el humor hacia la literatura para reivindicar a esos personajes que nunca habrían ocupado el centro de los relatos heroicos tradicionales.
Barba recordó que una de las grandes aportaciones de la literatura española es la tradición picaresca: historias protagonizadas por quienes viven en la periferia social, personajes cuyo objetivo no es alcanzar la gloria sino algo mucho más humano y reconocible: la dignidad.
Frente al héroe clásico, siempre seguro de sí mismo, admirable y previsible, los participantes defendieron la riqueza narrativa de los personajes vulnerables. De quienes se equivocan, fracasan o no terminan de comprender las reglas del mundo que habitan. Porque basta con observar con atención para descubrir que nadie está completamente cómodo dentro de la normalidad y que, detrás de cualquier apariencia de equilibrio, siempre existe alguna contradicción.
Esa reivindicación de la anomalía encontró uno de sus mejores ejemplos en el homenaje a La conjura de los necios, la obra de John Kennedy Toole convertida en un clásico precisamente por desafiar buena parte de las convenciones narrativas. Durante la conversación, Enrique Murillo, Laura Fernández y Rodrigo Fresán reflexionaron sobre la vigencia de Ignatius J. Reilly, uno de los grandes antihéroes de la literatura contemporánea. Un personaje excesivo, grotesco, ridículo y profundamente memorable. Quizá porque Ignatius encarna una verdad incómoda: las personas no siempre evolucionan como los relatos esperan que lo hagan.
Durante el encuentro se destacó precisamente que el protagonista atraviesa la novela sin experimentar la transformación que normalmente asociamos a los héroes. Permanece obstinado, contradictorio y desmesurado hasta el final. Y, sin embargo, sigue despertando empatía. Tal vez porque, en el fondo, todos reconocemos algo de nosotros mismos en esa resistencia al cambio.
Quizá por eso resultó especialmente interesante que la jornada concluyera hablando del poder. Si el humor había servido durante todo el día para señalar contradicciones, desmontar máscaras y hacer visibles las grietas de los personajes, el poder apareció como su reverso.
En ‘Contar el poder’, Leila Guerriero, Carlos E. Cué, César Fagoaga y Máriam Martínez-Bascuñán reflexionaron sobre las dificultades de ejercer el periodismo en un contexto marcado por la polarización, la desinformación y el descrédito de los intermediarios. Frente a los relatos simplificados y las respuestas inmediatas, los tres reivindicaron la necesidad de la pregunta, el matiz y la complejidad.
Durante las charlas anteriores, los participantes habían defendido que el humor permite atravesar apariencias y mostrar aquello que normalmente permanece oculto. Sin embargo, el poder tiene una especie de túnica impermeable sobre la que la ironía resbala sin poder penetrar. Mientras el antihéroe se construye a partir de sus defectos, el poder aspira siempre a parecer infalible. Y precisamente por eso resulta tan necesario contarlo, interrogarlo y someterlo a escrutinio.
No deja de ser significativo que, en un día dedicado al humor, los antihéroes y los personajes extravagantes, muchas de las conversaciones terminaran girando alrededor de la misma idea. La literatura no suele interesarse por quienes encajan perfectamente en el mundo, sino por quienes se quedan un poco fuera. Por quienes observan desde los márgenes. Por quienes tropiezan con las normas, las desafían o simplemente no terminan de comprenderlas.
Seguimos recordando a los pícaros, a los cómicos y a los antihéroes mucho después de cerrar un libro. Porque, frente a la perfección de los héroes, ellos nos recuerdan algo esencial: que nadie encaja del todo.
Fotos © Gustavo Valiente


