Hay formas de humor que envejecen mal. Chistes que dejan de entenderse cuando desaparece el contexto que los vio nacer, referencias que pierden significado con el paso del tiempo o bromas que terminan resultando incómodas. Pero también existen autores capaces de atravesar generaciones sin perder vigencia. Escritores que siguen provocando una sonrisa, una reflexión o una extrañeza décadas después. Buena parte de la jornada de hoy en la Feria giró, precisamente, en torno a esa pregunta: ¿qué hace que ciertas formas de humor sobrevivan al tiempo?
Reírse de uno mismo
En el Taller de Ideas de la Biblioteca Eugenio Trías, Emilio del Río, Irene Lozano y Valerio Rocco abordaron la relación entre filosofía y humor desde una convicción compartida: la risa forma parte de nuestra manera de comprender el mundo. Reírse de uno mismo, desconfiar de las certezas absolutas o cuestionar a quienes ostentan el poder son gestos que siguen resultando reconocibles hoy igual que hace siglos.
Como recordó Rocco, filosofía y humor comparten una misma raíz: ambas introducen distancia, duda y perspectiva. Lozano señaló, además, que la risa tiene una dimensión profundamente humana porque nos recuerda que, por mucho poder que acumulemos, seguimos siendo vulnerables. Del Río, por su parte, reivindicó la importancia de no tomarse nunca demasiado en serio a uno mismo.
La vigencia de una carcajada
Esa capacidad de seguir dialogando con el presente apareció también en el homenaje a Nicanor Parra que ha tenido lugar en el Pabellón Iberoamericano. Leila Guerriero, Rafael Gumucio, Luis Chaves y Miguel Ángel Vázquez, librero de La Imprenta, recordaron a un poeta que revolucionó la poesía en español a través de los antipoemas, textos en los que la ironía, el absurdo y la contradicción se convierten en herramientas para observar la realidad. Su humor, a menudo incómodo, fatalista y profundamente crítico, obligaba a mirar donde quizá no apetecía mirar.
Los ponentes coincidieron en señalar que muchas de las cuestiones planteadas por el autor chileno continúan resonando hoy porque su escritura nunca buscó ofrecer respuestas tranquilizadoras, sino desmontar certezas.
Algo parecido ocurre con Kurt Vonnegut, protagonista de otro de los encuentros de la jornada. Iggy Rubín, Alba Carballal, Rodrigo Fresán y Miqui Otero lo recordaron como un humanista profundamente preocupado por su tiempo, convencido de que el humor era una forma de responder a la frustración y de hacer la vida más tolerable. Sus reflexiones sobre la guerra, la tecnología, el poder o las contradicciones de la sociedad contemporánea siguen encontrando lectores y lectoras varias décadas después de haber sido escritas. No porque predijeran el futuro, sino porque supieron captar preguntas que continúan acompañándonos.
Más allá de la greguería
La mirada hacia quienes construyeron una tradición humorística propia tuvo uno de sus momentos más interesantes en la charla dedicada a Ramón Gómez de la Serna a propósito de la publicación de Sin ironías. Gravedad e importancia del humorismo. La editora Alicia G. Hierro y Los Torreznos reivindicaron una faceta menos conocida del escritor madrileño: la de pensador del humor.
Más allá de sus célebres greguerías, la conversación que tuvo lugar también en el Taller de Ideas de la Biblioteca Eugenio Trías presentó a un Ramón interesado por las posibilidades intelectuales de la risa, convencido de que el humor podía convertirse en una forma de conocimiento. Su influencia, recordaron los tres ponentes, se extiende sobre buena parte de las vanguardias españolas y sobre autores posteriores que encontraron en él una manera distinta de relacionar las palabras con las cosas, la imaginación con la realidad y la observación cotidiana con el pensamiento.
Quizá por eso sigue resultando tan contemporáneo. En una época marcada por la fragmentación, las lecturas rápidas y las asociaciones inesperadas, muchas de las intuiciones de Gómez de la Serna parecen dialogar con formas de lectura y de escritura que hoy nos pueden resultar sorprendentemente familiares.
Borges, en la biblioteca
Sin salir de la Biblioteca Eugenio Trías, la jornada encontró también allí un espacio para la memoria literaria con la inauguración de la exposición Borges. Años de esplendor literario, instalada en la Biblioteca Eugenio Trías. Por primera vez en España pueden contemplarse manuscritos originales, primeras ediciones y documentos procedentes de una de las mayores colecciones dedicadas al escritor argentino.
Para Raúl Tola, director de la Cátedra Vargas Llosa, la muestra permite acercarse a «la artesanía detrás del trabajo de Borges», descubrir las correcciones, tachaduras y procesos que hay detrás de algunos de sus textos más conocidos. Tola recordó, además, una faceta menos comentada del escritor argentino: «era una persona muy sarcástica, tenía un humor muy ácido, muy afilado». Aunque no suele asociarse su obra al humor, señaló que personajes como Carlos Argentino Daneri en El Aleph revelan esa veta irónica que atraviesa parte de su literatura.
Por su parte, Emilio del Río, director general de Archivos, Bibliotecas y Museos del Ayuntamiento de Madrid, destacó la importancia de que una muestra de estas características pueda verse en una biblioteca municipal. «Si en algún sitio hay que exponer Borges, es en una biblioteca», señaló durante la inauguración. Del Río subrayó, además, el carácter excepcional de unos materiales que permiten acercarse al proceso creativo de uno de los grandes autores de la literatura universal. En su opinión, la exposición incorpora también un pequeño guiño borgiano: «se exhibe en la antigua Casa de Fieras de El Retiro, sobre el espacio que ocuparon los tigres, uno de los animales que más fascinó al escritor argentino».
Entre manuscritos, greguerías, antipoemas y reflexiones filosóficas, la jornada terminó demostrando que el humor también tiene memoria. Algunas bromas envejecen. Otras desaparecen con la época que las vio nacer. Pero hay autores que consiguen algo más difícil: seguir dialogando con el presente mucho después de haberse convertido en pasado.
Fotos © Gustavo Valiente


