Parque de El Retiro, del 29 de mayo al 14 de junio
LUNES-VIERNES: 10:30-14:00 y 17:00-21:00
SÁBADOS Y DOMINGOS: 10:30-15:00 y 17:00-21:00

La conquista de la palabra

Escritoras, editoras, investigadoras y humoristas protagonizan una jornada marcada por la reflexión sobre quién puede contar las historias, cómo circulan las voces silenciadas y qué papel desempeña el humor en la conquista del espacio público.

La palabra es aquello a lo que recurrimos cuando la emoción ya no puede ser contenida por el cuerpo. De ahí nacen muchos de los grandes relatos: desde la herida, desde la gracia, desde el amor, a veces desde la celebración y otras desde la sanación. Buscamos ser reconocidos por otro a través de un relato que acaba siendo colectivo, aunque no todas las voces han tenido el mismo acceso a ese reconocimiento ni han ocupado históricamente el mismo lugar dentro de él. Es en ese hueco donde muchas escritoras se han ido ubicando.

Durante la jornada del miércoles, la FLMadrid ha dado espacio a voces que han tenido que abrirse paso —mujeres, autoras latinoamericanas, escritoras racializadas—, mostrando qué ocurre cuando ese acceso se conquista: denuncian, cuestionan, narran y también hacen reír.

En ‘Escribir el humor’, Paloma Rando y Sergio Sarria abordaron la escritura desde una relación casi automática con la palabra. «El único papel en blanco que me da miedo es el de las facturas», bromeaba Rando, señalando esa familiaridad que permite escribir sin miedo, incluso desde posiciones alejadas de la propia experiencia. Mencionaron a Rafael Azcona como ejemplo de esa libertad: alguien que, desde una posición privilegiada, escribía desde los márgenes para darles lugar.

Pero ese acceso no siempre está garantizado. En ‘La literatura y los feminismos contra el racismo antinegro’, Yuliana Ortiz recordó que durante mucho tiempo las personas afrodescendientes fueron narradas por otros y que la posibilidad de construir una genealogía propia parecía negada. Sin embargo, esa genealogía existe. Lo que falta muchas veces es reconocimiento. Frente a los relatos oficiales, la escritora reivindicó la literatura como una herramienta capaz de recuperar memorias borradas, reconstruir identidades y contar aquello que las estadísticas o los informes no alcanzan a explicar. Para Ortiz, cuya trayectoria personal estuvo marcada por la necesidad de abrirse camino en entornos donde escribir parecía una aspiración imposible, «el lugar de fuga fue la escritura». 

Porque detrás de cada cifra hay una experiencia concreta, una historia y una voz que merece ser escuchada. Una convicción que atravesó toda la conversación y que estuvo presente en buena parte de las mesas del día.

En ese mismo sentido, no solo es relevante el acceso a la palabra, sino también la posibilidad de hacerla circular. Pero, sobre todo, contar con una comunidad que trabaje por romper esas barreras sociopolíticas e históricas. En ‘Panorama actual de la internacionalización de las autoras latinoamericanas de narrativa’, también parte de la Jornada CERLALC, Martín Gómez, Bárbara Espinosa y Alejandra Soriano, con la moderación de Margarita Cuéllar, subrayaron el papel clave de editoriales, librerías y otros agentes de la cadena del libro en la difusión de estas voces, tanto contemporáneas como históricamente silenciadas. La construcción de una red que sostenga y visibilice estos relatos no es un gesto menor: es, en sí misma, una forma de cuidado y de reparación.

Reír también es ocupar espacio

Sin embargo, conquistar la palabra no consiste únicamente en poder escribir. También implica encontrar los espacios desde los que esa palabra pueda circular, ser escuchada y conectar con otros. Esa reflexión atravesó la mesa ‘¿De qué nos reímos las mujeres?: humor, feminismos y poder’, donde Elisa McCausland, Giselle Etcheverry Walker y María del Mar Ramón reivindicaron la risa como una herramienta política y una forma de disputar espacios tradicionalmente reservados a los hombres.

Durante la conversación se recordó que a las mujeres se les ha exigido históricamente ocupar el espacio público desde la seriedad, mientras que el humor parecía un territorio ajeno o incluso vetado. Frente a esa limitación, las participantes defendieron la capacidad de la risa para cuestionar jerarquías, construir comunidad y generar nuevos códigos compartidos. No se trataba de restar importancia a los asuntos que aborda el feminismo, sino de rechazar la idea de que la gravedad de ciertos temas obligue a renunciar al humor. Porque la risa, además de placer y complicidad, puede convertirse también en una forma de intervención.

Los nombres que faltaban

La cuestión de quién ocupa el relato apareció también en el Pabellón Europa. La charla ‘Arquitectas de Europa’ recuperó la memoria de mujeres que participaron en la construcción del proyecto europeo y cuyos nombres quedaron durante décadas fuera de la historia oficial. La historia de la integración europea, explicaron las participantes, no fue únicamente la de los llamados padres fundadores. También hubo mujeres que impulsaron avances decisivos en ámbitos como la igualdad salarial, la investigación académica compartida o la ciudadanía europea, aunque sus aportaciones hayan permanecido mucho tiempo en segundo plano.

Quizá por eso tantas conversaciones del miércoles terminaron confluyendo en un mismo punto. Antes de transformar una realidad hay que encontrar las palabras para nombrarla. Antes de que una experiencia forme parte de la memoria colectiva, alguien tiene que contarla. Y antes de que una voz sea escuchada, debe existir el espacio para que pueda hacerse oír.

A lo largo de la jornada, la Feria reunió a quienes llevan tiempo haciendo precisamente eso: escritoras, editoras, investigadoras, humoristas y lectoras que no solo reclaman un lugar en la conversación, sino que contribuyen a ampliarla para los demás. Porque la palabra, cuando encuentra quién la escuche, deja de pertenecer a una sola persona y empieza a formar parte de una historia compartida.

Fotos © Gustavo Valiente

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