Los lunes tienen un ritmo propio en la Feria del Libro de Madrid.
A primera hora, antes de que el público empiece a recorrer el Paseo de Coches, las conversaciones ya están en marcha. Algunas ocurren entre cajas abiertas. Otras, teléfono en mano, con distribuidoras y editoriales. Se habla de devoluciones, de firmas que han funcionado mejor (o peor) de lo esperado, de títulos agotados y de cajas que regresan a los almacenes de las distribuidoras después del primer fin de semana. Se comparan cifras con las de otros años, se hacen balances provisionales y se intercambian impresiones con la caseta vecina sobre una edición que sigue marcada por el calor. Mientras tanto, los grupos de escolares atraviesan El Retiro camino del Pabellón Infantil y las previsiones meteorológicas vuelven a convertirse en uno de los temas recurrentes entre los expositores.
Hoy se estrenaba el mes de junio. La Feria ha desacelerado, pero no se ha detenido.
Quizá por eso resultó especialmente apropiado que buena parte de la programación cultural de este lunes girara en torno a una cuestión aparentemente sencilla: el tiempo.
El tiempo que necesita una tragedia para poder convertirse en materia de humor. El tiempo que requiere un chiste para encontrar su forma definitiva. El tiempo que separa una ocurrencia de una buena viñeta. El tiempo, en definitiva, que hay detrás de cada risa.
Entre la herida y la carcajada
En ‘La risa enlutada’, Marta Sanz, Miguel Ángel Hernández y Jon Bilbao exploraron la relación entre el humor negro, el dolor y los límites de lo decible.
Lejos de entender el humor como una forma de borrar la tragedia, los participantes reflexionaron sobre su capacidad para acercarse a ella desde otro lugar. Miguel Ángel Hernández defendió que la transgresión no elimina el tabú, sino que lo suspende durante un instante para permitirnos cruzarlo y observarlo. Marta Sanz recordó que el humor también puede servir para señalar aquello que no funciona en la realidad.
La conversación dejó una idea especialmente sugerente: el humor negro tiene su propia cronología. Hay un momento para quien sufre una tragedia y otro para quien la observa desde fuera. Hay heridas que admiten la risa como alivio y otras que la convierten en una forma de incomodidad o de denuncia. No todo el humor negro busca consolar. A veces también busca obligarnos a mirar.
Esa complejidad reapareció durante ‘Un bocadillo al día: humor de actualidad’, donde Adela por Dios, Riki Blanco, Kap y Mauro Entrialgo reflexionaron sobre el oficio de transformar la actualidad en viñetas. La pregunta parecía sencilla: ¿es más difícil hacer reír o hacer pensar? Las respuestas dibujaron un territorio mucho más amplio que la carcajada. Riki Blanco reivindicó un humor capaz de confrontar y descolocar. Adela por Dios habló de esa satisfacción intelectual que produce una idea brillante incluso cuando no provoca una risa inmediata. Kap recordó que el humor también debe adaptarse al momento social y acompañar el ritmo emocional de la sociedad. Entre todos acabaron perfilando una idea compartida: el humor no siempre persigue la risa. A veces busca la reflexión. Otras veces la ternura. Y, en ocasiones, simplemente ofrece una nueva manera de mirar lo que tenemos delante.
El fracaso como parte del oficio
La cocina del humor ocupó también el centro de ‘Instrucciones para contar un chiste’, conversación protagonizada por Eva Hache, Iggy Rubín y Elena Beltrán, bajo la moderación de Fer Bleda. Los cuatro compartieron recuerdos de sus primeros contactos con la comedia, hablaron de los chistes que fracasan, de los remates que cambian de sitio y de la necesidad de probar una idea una y otra vez antes de darla por válida. El error apareció constantemente en la conversación. No como un accidente, sino como una parte inevitable del proceso creativo.
Sin embargo, cuando la charla parecía conducir hacia una reivindicación del humor como técnica, Eva Hache introdujo un matiz que recorría silenciosamente toda la jornada. La comedia puede afinarse, pulirse o perfeccionarse, pero difícilmente entrenarse. Hay algo en la mirada humorística que resulta complicado de enseñar.
Una forma de mirar
La jornada concluyó con el homenaje a Jorge Ibargüengoitia, uno de los grandes nombres de la literatura mexicana del siglo XX.
Durante la charla dedicada a su obra se recordó una definición del humor atribuida al escritor: una manera peculiar y ligeramente oblicua de percibir las cosas.
Tal vez ahí se encuentre el punto de encuentro entre todas las conversaciones del día.
Esa mirada reapareció también en otro escenario de la Feria: el Espacio Indómitas. Durante la tarde, los poetas de Hablalatinta escuchaban historias de los visitantes y las devolvían convertidas en versos mecanografiados sobre pequeñas tarjetas. «La risa también se practica», podía leerse en uno de los poemas improvisados durante la tarde. Para Pablo Urizal, participar por primera vez en la programación oficial de la Feria supone además «un regalo» y la culminación de años llevando la poesía a la calle.
Mientras los libreros y libreras hacían balance del primer fin de semana, reorganizaban sus casetas y preparaban una nueva semana de Feria bajo el sol de un verano prematuro, escritores, escritoras, humoristas y dibujantes parecían llegar a una conclusión similar. Detrás de cada risa hay trabajo, sí.
Hay correcciones, pruebas y errores. Hay oficio. Y quizá por eso este lunes ha sido un día muy oportuno hablar del humor. Porque en una feria donde también hay devoluciones, balances, imprevistos y jornadas de calor interminable, la risa sigue siendo una de las mejores maneras de afrontar el día a día.
Fotos © Gustavo Valiente


