Parque de El Retiro, del 29 de mayo al 14 de junio
LUNES-VIERNES: 10:30-14:00 y 17:00-21:00
SÁBADOS Y DOMINGOS: 10:30-15:00 y 17:00-21:00

Todo depende de cómo se cuente el chiste

Javier Cercas, Darío Adanti, Maitena y otros protagonistas de la jornada reflexionaron sobre el poder de los relatos, la sátira y la irreverencia para cambiar nuestra forma de mirar el mundo.

Hay muchas maneras de contar un mismo relato. En la Feria del Libro de Madrid, eso se ve en los gestos más simples: alguien que se detiene a escuchar una conversación, otro que sonríe antes de que llegue el remate, un grupo que se identifica en una misma broma. Así, se reconocen las historias atravesadas por la tragedia y el drama, y otras que, sin caer en el cinismo, introducen una ligereza que permite observar sin el mismo peso. Esa es una de las libertades que abre el humor. En este tercer día, atravesado por la sátira, el cinismo y el humor crítico, las actividades se movieron en ese margen: el de mirar la realidad desde un ángulo distinto. Porque, aunque no la modifica, sí permite contarla desde otro lugar —y, a veces, incluso soportarla mejor.

Javier Cercas en la FLMadrid26El humor, en su contacto con la memoria, se mueve en un terreno delicado. La jornada del domingo comenzó con una reflexión en torno a esa tensión. En una conversación sobre democracia, memoria y el poder de los relatos, en el marco del 50 aniversario de El País, Javier Cercas —entrevistado por Sergio C. Fanjul— defendió el papel del periódico en la construcción de una conversación cultural compartida, así como en la consolidación democrática española. El escritor evocó el 23-F para desmontar la imagen casi caricaturesca con la que hoy se recuerda aquel episodio: «Ahora parece una comedia, pero aquel día fue terror absoluto». La perspectiva histórica transforma la percepción de los acontecimientos, aunque no altere la gravedad con la que fueron vividos. Y, con el tiempo, también cambia el género desde el que los recordamos.

La comedia, por tanto, no implica necesariamente aligerar una herida colectiva. A veces, funciona como una forma de distanciamiento que permite acceder a esa libertad: no borra lo ocurrido, pero permite mirarlo desde otro lugar. En ‘Pinchar mariposas con un palo de telégrafo’, Bárbara Mingo, Jaime Rubio Hancock y Arturo González-Campos recuperaron ese humor que caracterizó a ‘La otra generación del 27’: una vía de escape desde la que disociar una realidad compleja a través del absurdo. Sus obras compartían una desinhibición propia de quienes buscan el disfrute sin compromisos, desplazándose con libertad entre posiciones y miradas —no siempre coherentes, pero sí intensamente vividas.

Pero ese goce no es incompatible con una visión crítica. La literatura como celebración: Festival KM Amèrica abordó la fiesta como un momento de suspensión de la individualidad: un espacio donde el individuo se olvida de sí mismo. Ahí aparece otra forma de libertad. Juan Pablo Villalobos, Gabriela Cabezón y Sergio Galarza compartieron esa idea de «la fiesta como potencia de vida», como indicó Cabezón; como un espacio de encuentro que deviene también resistencia. En la sala, las intervenciones se encadenaban con ese encuentro cómplice y festivo: asentimientos, risas compartidas, esa sensación de estar entendiendo algo al mismo tiempo. Aquella que entrega el humor al igual que la celebración y permite, aunque sea por un instante, dejar de ser uno mismo para formar parte de algo colectivo —y, de paso, olvidarse un rato de todo lo demás, que tampoco viene mal. Y es en esa unión donde se proyecta una libertad capaz de tensionar incluso las estructuras de poder. Xavi Puig, Igor Fernández y Darío Adanti, en una sala llena de asistentes sentados y de pie, con risas y miradas expectantes, retomaron esta idea desde la práctica de la sátira, señalando los límites del humor y, con ellos, los de la propia libertad. La sátira se construye a partir de la exageración, pero en un contexto donde la realidad ya roza lo absurdo, exige mecanismos cada vez más complejos. «La comedia es un termómetro, no un termostato», apuntó Puig: puede medir, pero no regular el clima social. El humor no ofrece soluciones; se mueve, tantea, incomoda. Y es precisamente en esa falta de finalidad donde reside parte de su libertad: no tiene que servir, no tiene que resolver, no tiene siquiera que hacer reír —aunque, si lo hace, mejor.

Quizá por eso el día cerró reivindicando otra forma de irreverencia: la de abandonar la búsqueda del remate perfecto. Maitena, Raquel Gu y Ángeles González-Sinde, moderadas por Laura Barrachina, exploraron ese desvío del camino como condición para la libertad. Romper con la lógica del chiste cerrado abre espacio para una mirada distinta. Frente a la inmediatez del meme —que, en palabras de Maitena, ha «democratizado el humor»—, las autoras defendieron la viñeta como un lugar de pausa y reflexión. «En el meme hay mucha más risa y el humor gráfico es más reflexión», señaló. González-Sinde insistió en su capacidad para desplazar la mirada del lector, cuestionar lo evidente y abrir nuevas lecturas. En su opinión, el humor gráfico tiene una dimensión movilizadora: la posibilidad de hacernos cambiar de posición ante aquello que creíamos conocer. No es casual que las dictaduras hayan intentado históricamente controlarlo, conscientes de su potencia para desafiar discursos cerrados y erosionar certezas.

El humor tiene algo de adictivo, algo de libre, algo de irreverente y algo de esperanzador. Y quizá por eso seguimos recurriendo a él una y otra vez: no para cambiar lo que ocurre, sino para poder seguir estando ahí, incluso cuando todo se vuelve un poco absurdo.

 

Fotos © Gustavo Valiente

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