Parque de El Retiro, del 29 de mayo al 14 de junio
LUNES-VIERNES: 10:30-14:00 y 17:00-21:00
SÁBADOS Y DOMINGOS: 10:30-15:00 y 17:00-21:00

Desarmar la diferencia desde la carcajada del otro

En una ciudad tomada por la visita de León XIV, un concierto de Bad Bunny y las elecciones del Real Madrid, la Feria del Libro de Madrid dedicó buena parte del domingo a reflexionar sobre cómo la risa puede desmontar prejuicios, generar conocimiento y cambiar la forma en que miramos a los demás.

Domingo 7 de junio en Madrid: concierto de Bad Bunny, visita del papa León XIV, elecciones a la presidencia del Real Madrid y un calor que invitaba más a refugiarse bajo cualquier sombra antes que recorrer la Feria del Libro de Madrid.   

Pero pese a que la actualidad parecía pretender contraprogramar desde las primeras luces del día, y de las sospechas de posibles problemas de movilidad, cortes de tráfico y aglomeraciones, esa suerte de apocalipsis logístico que vaticinaban no ha sido tal. 

Eso sí, la Feria ha vivido su segundo domingo con menos visitantes de los esperados. Un rápido trabajo de campo a pie de caseta permitía detectar los efectos de la visita del pontífice en las ventas: lo que se ha vendido con mayor alegría han sido encíclicas, su biografía, libros relacionados con la patrística y biblias para niños en cartoné.  

El humor volvió a ser uno de los grandes protagonistas del día y en esta ocasión como una manera de hacerse escuchar y de encontrar un lugar propio en el mundo. 

Bob Pop FLMadrid26Bob Pop: «Yo descubrí que el humor me salvaba de las hostias»

A menudo se dice que el humor sirve para romper el hielo. La conversación entre Bob Pop, Asaari Bibang y Giuseppe Caputo —’La risa es un eco para escuchar al otro: el humor en la diferencia’— planteó algo más ambicioso: que también puede servir para desmontar prejuicios. No porque elimine las diferencias, sino porque obliga a mirar de otra manera a quien tenemos delante. Bob Pop recordó que descubrió el humor siendo un niño acosado en el colegio. «Yo descubrí que el humor me salvaba de las hostias», confesó. Con el tiempo comprendió que hacer reír tenía un efecto inesperado: «La risa afloja al otro» advirtió. Aquella intuición infantil acabaría convirtiéndose en una forma de expresión, pero también en una herramienta para ocupar un lugar propio. «Necesitas hacer algo y ese algo es tener gracia. Hacer gracia para que te perdonen esa presencia», explicó.  

La reflexión encontró eco en Asaari Bibang, que rechazó la idea de que determinadas experiencias otorguen una supuesta superioridad moral para hacer humor. «No se trata de catadura moral, se trata del conocimiento», afirmó. Para la humorista, la diferencia entre un chiste que funciona y otro que reproduce prejuicios está en la observación, la experiencia y el trabajo que hay detrás de cada frase.  

Giuseppe Caputo llevó el tema a un terreno más literario. Frente a quienes consideran el humor un género menor o una mera herramienta de entretenimiento, defendió su capacidad para intervenir sobre las heridas colectivas. «El humor bueno es el que ayuda a cicatrizar heridas», señaló. No todo humor libera. También existe un humor que inferioriza, que reafirma jerarquías o que convierte a determinadas personas en objeto de burla. La cuestión, sugirió, no es si el humor tiene límites, sino hacia dónde apunta.  

En esta charla moderada por Silvia Cruz Lapeña, quedaron claras dos cosas: que la risa desactiva los mecanismos que convierten las diferencias en una barrera y que el humor exige observación, conocimiento y una mirada capaz de ir más allá del prejuicio. 

El contexto importa

Pero el humor también necesita contexto. Si para Bob Pop, Asaari Bibang y Giuseppe Caputo el humor era una herramienta para desmontar prejuicios, otras charlas exploraron cómo cambian los códigos de la risa según el contexto en el que se producen. En ‘Somos un meme’, Noel Ceballos, Monstruo Espagueti y Carlo Padial analizaron la evolución del humor en internet. Monstruo Espagueti defendió que el meme funciona como un reflejo del entorno digital en el que nace: si internet se vuelve más caótico, también lo hace el humor que circula por él. Para Ceballos, los chistes actuales exigen cada vez más contexto para ser comprendidos. «Estamos en la era del metameme», explicó, una etapa en la que se hacen bromas sobre otras bromas y donde la experiencia digital aparece cada vez más fragmentada. La nostalgia por el internet de los primeros años también estuvo presente en la conversación. Tanto Carlo Padial como Monstruo Espagueti coincidieron en que muchos usuarios siguen habitando determinados espacios digitales por una cuestión generacional. Un territorio donde todavía es posible encontrar formas de intimidad y códigos compartidos que hoy resultan más difíciles de identificar en otras plataformas.

Esa importancia del contexto volvió a aparecer en ‘Una ficción delirante’, donde Laura Chivite, Greta García y Salomé Esper reflexionaron sobre los límites del humor y sobre cómo una misma broma puede resultar liberadora o violenta dependiendo del lugar desde el que se formule y del lugar desde el que se escuche. «El humor me abre la puerta a berenjenales que de otra manera no podría meterme», reconoció Greta García. La conversación giró alrededor de una idea compartida por las tres autoras: que el humor no depende únicamente de quien cuenta el chiste, sino también de quien lo recibe, del contexto que lo rodea y de la intención con la que se construye.

Reírse en serio

Jonathan Coe aportó una perspectiva distinta a la conversación sobre el humor de la jornada del domingo. El escritor británico recordó que la tradición literaria inglesa siempre ha concedido un lugar destacado a la comedia. Para Coe, el humor no es incompatible con la ambición literaria ni con la reflexión política. Al contrario. Muchas de las situaciones que inspiran su escritura nacen precisamente de la incongruencia y el absurdo del presente. «Un escritor debe estar en el medio del mundo», afirmó, reivindicando una literatura capaz de acompañar al lector, desafiarlo y ayudarle a comprender una realidad cada vez más fragmentada.

Desde escenarios muy distintos, las conversaciones del domingo parecieron coincidir en una misma intuición: una carcajada puede hacer algo más que provocar diversión. Puede convertirse en una manera de acercarse al otro. Y, en ocasiones, en la herramienta más eficaz para desarmar una diferencia que nunca estuvo en quien la sufría, sino en la mirada de quien la observaba.

Fotos © Gustavo Valiente

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