Ayer a mediodía, con El Retiro aún lleno de lectores y lectoras, tuvo lugar el acto institucional que puso punto final a la 84.ª Feria del Libro de Madrid. Eva Orúe, directora de la FLMadrid, presentó el balance provisional de una edición que ha mantenido el pulso incluso en los días más complicados, con cifras dignas de celebración.
Junto a Dejanira Álvarez y José Higuera, directora y presidente de la Feria Internacional del Libro de la Ciudad de Nueva York (FILNYC) —cómplices y aliados en una colaboración especialmente estrecha este año—, Orúe se detuvo no tanto en los números como en los vínculos. «¿Habéis aprendido algo?», preguntó. «Sí —respondió Álvarez—, estamos sorprendidos y felices de ver lo bien que han encajado los equipos de trabajo».
Después, Joaquín Reyes y Carolina Iglesias se subieron al escenario para conversar con la directora de la FLMadrid y anunciar el esperado tema de la próxima edición: el humor. Porque no hay feria sin ironía, sin esa capacidad de reírnos de nosotros mismos que hace más llevaderos los roces, aceptables los inconvenientes, asumibles los imprevistos.
El humor será el hilo conductor de la 85.ª edición, recordándonos que, más allá de la solemnidad de la palabra escrita, siempre hay espacio para la risa y la alegría compartida.
Ese espíritu —la defensa de la alegría, el valor del trabajo en equipo— ha atravesado esta edición. Como también lo han hecho otros ejes invisibles que la Feria ha ido desplegando, día tras día, más allá del programa oficial: la poesía como resistencia y encuentro; las librerías como oasis en un ecosistema hostil; la lluvia como telón de fondo que no logró apagar el ritmo de las casetas; la memoria, los homenajes, la traducción como puente; el periodismo, las firmas, la ciudad, la Europa que celebramos.
Y, sobre todo, las lecturas. Porque si algo ha dejado esta edición es la certeza de que seguimos leyendo con pasión: en papel, en voz alta, en grupo o a solas, bajo los árboles, en los pabellones o haciendo cola.
Todos y todas somos incondicionales de esta feria. Los lectores y lectoras, sí, pero también todos los que, de una forma u otra, la hacen posible. Esta es una feria de oficios: de libreros —que lo son todo el año—, y también de editores, distribuidores, diseñadores, trabajadores editoriales, autores.
La Feria, como espacio de venta, nos recuerda que vender libros es solo la punta del iceberg. Aquí también aprendemos a escucharnos, a reconocernos, a entendernos mejor entre quienes habitamos el mundo del libro. A hacer, entre todos, una feria. Porque si nuestro oficio son los libros, la Feria es nuestra casa.
Y mientras algunas despedidas se asomaban discretamente por las casetas, aún quedaba un gran cierre. A las 19:00, en el Pabellón Iberoamericano, la Fundación Gladys Palmera nos llevó a otro verano, el de Nueva York, con la charla ‘Un verano en Nueva York: las rutas de la salsa’, moderada por José Arteaga, con José Manuel Gómez ‘Gufi’, Isabel Llano y Miguel Ángel Sutil. Y no fue solo música: fue migración, política, memoria, cotidianeidad. Y fue también la forma en la que cerramos esta edición: bailando. No hemos parado de movernos.
Como en ese último baile colectivo, nos lanzamos a cada firma, cada encuentro, cada conversación, cada libro, intentando abrazar cada instante… aunque sabemos que nunca podremos abarcarlo todo. Porque cuando el mundo del libro —con todos sus oficios y voces— se propone dar lo mejor de sí durante 17 días, siempre desborda.
Gracias por formar parte de esta voz común que ha sonado en El Retiro. Nos vemos en la próxima.


