Parque de El Retiro, del 29 de mayo al 14 de junio
LUNES-VIERNES: 10:30-14:00 y 17:00-21:00
SÁBADOS Y DOMINGOS: 10:30-15:00 y 17:00-21:00

El camino invisible hacia la primera página

La FLMadrid no solo acerca libros a lectores de hoy, también contribuye a formar a los del futuro. A través de talleres, actividades escolares, propuestas artísticas, música, humor y espacios compartidos en familia, el Pabellón Infantil se convierte cada año en un lugar donde la curiosidad, el juego y el placer de descubrir ayudan a construir el vínculo con la lectura.

Hay niños y niñas que llegan a la Feria del Libro de Madrid buscando un taller y terminan sentados en el suelo con un libro entre las manos. Otros se acercan atraídos por una canción, una actividad artística o un cuentacuentos y descubren, casi sin darse cuenta, una historia que les obliga a quedarse un rato más. Algunos vuelven cada año. Otros llegan por primera vez. Todos forman parte de un proceso silencioso y difícil de medir que tiene mucho que ver con la lectura, aunque no siempre empiece dentro de un libro.

En una feria donde la atención suele concentrarse en las grandes firmas, los encuentros con autores y autoras, o los debates en torno al eje temático que ilumine la edición en curso, existe también otra labor menos visible y más difícil de cuantificar: la de despertar el deseo de leer. Una tarea que se desarrolla a través de múltiples caminos y que encuentra en el Pabellón Infantil uno de sus espacios más fértiles.

No es una empresa sencilla. En un tiempo marcado por la prisa constante, encontrar un espacio para la lectura requiere algo que cada vez parece más escaso. «La lectura necesita un poquito de calma», advierte Paloma de Miguel, responsable del Pabellón Infantil de la FLMadrid. Una calma que no siempre resulta fácil de encontrar en el día a día marcado por las prisas, los desplazamientos y la sensación permanente de llegar tarde a todo.

Por eso, una de las imágenes más habituales del pabellón resulta también una de las más reveladoras. Niños y niñas que llegan corriendo tras atravesar El Retiro y terminan completamente absortos en un libro. Paloma asegura que existe una señal inequívoca para reconocer cuándo un niño o una niña está desarrollando un vínculo real con la lectura: no se conforma con el primer libro que encuentra. Pide otro. Y otro más. Busca. Compara. Explora. Hasta que aparece uno capaz de atraparlo por completo. Entonces sucede algo casi mágico: el ruido desaparece. «Cuando encuentran el libro que de verdad les gusta, se aíslan totalmente de cualquier cosa que esté pasando alrededor y se concentran en su libro».

Pero el Pabellón Infantil de la Feria es también un espacio donde los libros dialogan con la música, la ilustración, el humor, la creatividad o el conocimiento. Un lugar donde leer puede significar escuchar una historia, traducir una canción, descubrir cómo se fabrica un libro o participar en un taller artístico.

«Hay muchas maneras de leer», explica Paloma. «No solo es narrativa. Hay libros de conocimiento, de poesía, actividades que unen música, ilustración y lectura. Todo eso les abre un mundo».

Durante estos días, los más pequeños han podido transitar por los múltiples caminos que llevan a la lectura también en otros espacios de la Feria, como el Pabellón Europa, y el Pabellón Comunidad de Madrid. Se han podido asomar al proceso que convierte una idea en un objeto (libro) que acabará en una estantería. Y siempre la creación artística se convierte en una puerta de entrada a la imaginación, al humor y a las historias.

Entre semana, cada mañana, grupos escolares atraviesan la Feria para participar en actividades diseñadas específicamente para ellos. Son propuestas que amplían el trabajo que se realiza en las aulas y muestran que la lectura también puede fomentarse desde la experimentación, el juego o la creatividad compartida. «Grupos de 50 niños y no se oye una mosca», cuenta Paloma. «Están todos sentados leyendo. Da mucha felicidad verlo».

Entre los múltiples caminos que pueden conducir a un libro, el humor ocupa un lugar privilegiado. Hoy, en el taller ‘El valor educativo del humor’, el pedagogo Jesús Damián Fernández Solís defendía que la risa favorece la atención, despierta el interés y alimenta la curiosidad, tres ingredientes fundamentales en cualquier proceso de aprendizaje, también en el fomento de la lectura. Lejos de restar profundidad a lo que se enseña, el humor ayuda a crear un clima positivo que invita a seguir explorando. «Aprendemos porque nos divertimos mientras aprendemos», explica el autor de Educar con humor (2009). Para él, la clave está en un humor compartido, capaz de generar vínculos y de hacer que el conocimiento resulte más cercano. «No te ríes a costa del otro; te ríes con el otro», afirma.

Esa capacidad del humor para atraer lectores y lectoras no desaparece con la infancia. En una de las charlas dedicadas hoy al 250 aniversario de Jane Austen, la profesora Cristina Oñoro recordó que muchos jóvenes conectan con la autora británica precisamente a través de la ironía y la sátira que recorren sus textos. Dos siglos después, el humor sigue funcionando como una invitación a entrar en los libros. Quizá cambien los formatos, los contextos o las generaciones, pero la curiosidad continúa siendo el primer paso.

Porque si hay una idea que atraviesa todas las conversaciones mantenidas estos días es que la lectura no puede imponerse. Debe descubrirse.

Las familias lo saben bien. Muchas llegan a la Feria buscando una actividad para compartir y terminan recorriendo las casetas. Otras acuden atraídas por los libros y acaban sentadas en un taller. «Es una actividad familiar que disfrutamos mucho», explica uno de los padres que acuden al Pabellón Infantil. Otro resume la experiencia como una «simbiosis» entre actividades y lectura, donde unas conducen inevitablemente a las otras.

Paloma lo expresa de forma todavía más directa: «No se puede obligar a leer». Los niños, insiste, aprenden por observación. Ven leer a sus padres, ven que los libros ocupan un lugar en su vida cotidiana y terminan incorporándolos también a la suya. «Si leen en casa, si crean un ambiente donde la lectura forma parte del día a día, es mucho más fácil».

Quizá por eso una de las imágenes más elocuentes de la Feria no sea una firma multitudinaria ni una mesa redonda abarrotada. Quizá sea algo mucho más sencillo: una niña o un niño sentados en el suelo hojeando un libro que acaban de descubrir. Un padre o la madre leyendo a su lado. Un grupo escolar escuchando una historia. Una canción que se transforma en palabras. Una carcajada que abre la puerta a una lectura inesperada.

Los lectores y lectoras no nacen el día que aprenden a leer. Empiezan a construirse mucho antes: cuando alguien les lee un cuento, cuando descubren que una historia también puede hacerles reír, cuando una canción les despierta curiosidad o cuando encuentran, entre el ruido del mundo, un lugar donde merece la pena detenerse un rato y pasar la página.

Fotos © Isabel InfantesGustavo Valiente

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