La Feria recuperó este sábado una imagen familiar. Una semana después de que la visita del papa alterara los patrones habituales de asistencia y condicionara la afluencia de visitantes, el Paseo de Coches de El Retiro volvió a llenarse de lectores y lectoras cargados de bolsas, nutriendo las colas de las firmas y pendientes de llegar a tiempo a una de las charlas programadas en cualquiera de los pabellones.
Cuando apenas queda una jornada para el cierre, las conversaciones cambiaban inevitablemente de tono. Los expositores compartían impresiones, comparaban esta edición con las anteriores y hacían sus primeros balances provisionales mientras esperaban la visita de quienes el fin de semana pasado prefirieron acudir a otras convocatorias del amplio abanico de posibilidades que ofrecía Madrid.
Mañana ya es domingo de clausura y la lluvia sigue sin hacer acto de presencia, circunstancia poco habitual en la historia reciente de la Feria. Y quizá por eso, porque el final empieza a asomar sin haber llegado todavía, muchas de las charlas de la tarde parecieron girar alrededor de una misma cuestión: las historias que sobreviven al paso del tiempo y las vidas que somos capaces de conocer gracias a ellas.
«La vida que he tenido es muy pequeña en comparación con la vida que he leído». Eso dijo Laura Fernández durante la conversación ‘Detrás de los pasos del tiempo’ y con ello resumió buena parte del espíritu de la jornada. Junto a Juan José Becerra y Constantino Molina, la escritora reflexionó sobre una literatura que permite atravesar épocas, regresar una y otra vez a los mismos recuerdos y dialogar incluso con quienes ya no están.
La idea apareció también, de formas distintas, en otras actividades de la tarde. En el homenaje a Alfredo Bryce Echenique se reivindicó precisamente a un autor capaz de convertir una realidad muy concreta —la de las élites limeñas que retrata en sus novelas— en una experiencia compartida por lectores y lectoras de lugares y generaciones muy distintas. Su humor, recordaron los participantes, no suaviza la realidad, sino que permite observarla desde una distancia crítica y encontrar en ella matices que la solemnidad suele dejar fuera.
Más allá de las etiquetas del boom o del post-boom, el encuentro acabó apuntando hacia una pregunta sencilla: qué libros siguen acompañándonos cuando desaparece el ruido de la actualidad.
Mirar el mundo con los ojos de otra persona
Pocas obras ejemplifican mejor esa capacidad de la literatura para ampliar nuestra experiencia que Persépolis. El homenaje a Marjane Satrapi reunió a una sala llena y emocionada que recordó el impacto que tuvo la lectura de una novela gráfica que permitió a muchas personas acercarse a la realidad iraní desde la experiencia íntima de una niña y no desde los discursos geopolíticos habituales. Varias de las participantes recordaron cómo la obra les abrió horizontes inesperados: desde despertar el interés por la historia y la cultura iraní hasta impulsar vocaciones académicas o creativas.
Se habló del exilio, de las identidades híbridas y de la importancia de las voces situadas en los márgenes, pero sobre todo de la capacidad de Satrapi para convertir una experiencia profundamente personal en un relato universal.
La misma idea apareció, desde otro lugar, en ‘Un deseo propio’. Sheena Patel, Gemma Ruiz y Natalia Moreno exploraron cómo las mujeres han tenido que conquistar el derecho a nombrar su propio deseo y a contar sus propias experiencias. El deseo apareció como un territorio ambiguo, contradictorio y profundamente humano; el cuerpo, como un espacio atravesado por la memoria, la identidad y el paso del tiempo. Porque contar una historia no consiste únicamente en relatar lo que ocurre. También implica decidir desde dónde se mira.
Quién controla el relato
Esa cuestión atravesó algunas de las conversaciones más estimulantes de la tarde. En ‘¿Quién ríe de último? Entre la posverdad y el posthumor’, Marta García Aller, Andrés Barba y Jordi Costa analizaron un presente en el que la realidad parece competir constantemente con sus propias caricaturas. Barba advirtió de que el humor necesita contexto para existir y defendió que la desaparición de marcos compartidos dificulta cada vez más la comprensión de los acontecimientos. García Aller reflexionó sobre una actualidad tan extrema que convierte a menudo a los periodistas en comediantes involuntarios, obligados a narrar hechos que parecen resistirse a cualquier exageración.
De algún modo, la misma preocupación apareció durante el 50 aniversario de Editorial Crítica y en la conversación ‘Memoria dibujada, memoria escrita. Narrativas del trauma y la posguerra’. En ambas insistieron en la importancia del contexto, en la necesidad de explicar la historia de manera comprensible y en la conciencia de que todo relato deja inevitablemente zonas de sombra. Lo que sabemos del pasado depende de los documentos conservados, pero también de nuestra capacidad para leer aquello que nunca llegó a escribirse.
A medida que avanzaba la tarde, las conversaciones parecían dialogar unas con otras desde distintos escenarios. Se habló del humor, del deseo, de la historia, de la verdad, del exilio o de la memoria. Pero todas acabaron regresando a una misma intuición: la literatura sigue siendo una de las formas más eficaces que tenemos para salir de nosotros mismos y comprender la experiencia de los demás.
Mientras las últimas colas del día seguían avanzando entre las casetas y el sol comenzaba a caer sobre El Retiro, la Feria no solo recuperaba el pulso de sus grandes sábados, también recordaba algo que quizá explica su vigencia después de 85 ediciones: que leer sigue siendo una manera de vivir más vidas de las que caben en una sola.
Fotos © Gustavo Valiente


