No todo humor sirve para entretener. No todo chiste busca la carcajada fácil ni ese dolor de mandíbula que deja la risa desbordada. Hay chistes que no buscan tanto hacer reír como descolocar. Que apuntan a nuestras contradicciones o a aquello que dábamos por sentado. Porque el humor, cuando no suaviza, abre. Desarma prejuicios, desplaza certezas y permite que lo distinto —incluso aquello que incomoda o cuestiona— encuentre una vía de entrada.
Para estrenar el segundo fin de semana de esta edición, la Feria del Libro de Madrid se ha adentrado en un territorio donde el humor no alivia. Ha propiciado un espacio en el que la risa aparece como una forma de acercarse a experiencias difíciles, cuestionar convenciones y abrir conversaciones que, de otro modo, resultarían más difíciles de sostener.
Reírse del poder
En ‘Causas del mal humor: la literatura mira a la política’, la politóloga Yanina Welp situó parte de ese malestar en fenómenos cada vez más visibles: la incertidumbre, la desconfianza hacia las instituciones y el desapego democrático. Frente a ello, advirtió que «el humor político continúa funcionando en buena parte de América Latina como una herramienta de denuncia y movilización».
Santiago Roncagliolo, por su parte, coincidió en atribuir al humor una función defensiva. Para él, es algo consustancial a lo latino: una forma de responder a la realidad sin resignarse a ella, de decir «no somos tontos», de demostrar que se comprende perfectamente aquello que se está criticando.
Brenda Navarro reivindicó, además, el humor y el lenguaje como instrumentos de transformación política: cuando las vías de acción parecen agotarse, las palabras siguen ofreciendo un espacio desde el que cuestionar el poder. «Ya que no podemos tomar las guillotinas como en la Revolución Francesa, tomamos el humor y el lenguaje para hacer cambios políticos», afirmó convencida la autora mexicana.
Más expuesto que los pulpos al sol
El humor no solo ha servido como tema para observar las grietas de la vida pública. En otros escenarios de la Feria, y conforme avanzaba la mañana, la mirada se desplazó hacia territorios mucho más personales. Se mostraron heridas que también tenían que ver con los cuerpos, los afectos y las experiencias que transforman una vida, a veces con una simple frase que cala en lo más hondo: «Ya no estoy enamorada de ti».
Así fue como Manuel Vilas recordó los inicios de su divorcio y se abrió en canal ante las personas que no quisieron perderse ‘Libros que son la caña’. «Manolo, tú como siempre: más expuesto que los pulpos al sol en un mercado griego», bromeó Antonio Lucas en su rol de moderador. Entre bromas, complicidades y confesiones, Vilas y Jiménez Serrano conversaron sobre la manera en que la literatura transforma experiencias personales difíciles en relatos compartidos. Tanto el escritor de Barbastro como la autora de Los nombres propios parten de novelas nacidas de situaciones límite —una intoxicación por monóxido de carbono en Oxígeno, y una ruptura sentimental en Islandia, respectivamente—, y así reflexionaron sobre los límites entre realidad y ficción, memoria y relato.
Jiménez Serrano defendió el valor de la ironía como contrapunto narrativo, pero advirtió también de sus riesgos: «A veces también es peligrosa; te escudas en ella para no llegar al meollo», advirtió.
Quizá una de las paradojas más reveladoras de esta conversación la aportó Manuel Vilas. El autor explicó que escribió Ordesa e Islandia desde el dolor, sin intención alguna de hacer reír. Sin embargo, en el caso del primero, fueron sus amigos lectores quienes le señalaron el humor que habitaba en esa historia que narra la muerte de sus padres. Al releer las páginas que le indicaron, acabó aceptando algo que atravesó buena parte de las conversaciones del día: que la risa y la herida a menudo ocupan lugares mucho más cercanos de lo que parece.
Lo que queda después del dolor
Aunque la risa muchas veces se produce a costa de alguien o de alguna situación, también puede dirigirse hacia uno mismo. Esa fue una de las ideas que atravesó la conversación entre Giuseppe Caputo y Camila Sosa Villada en ‘El humor en la herida’ y bajo la moderación de Daniela Mercado, responsable de la programación cultural de la Feria del Libro de Madrid. «Hay humor que puede herir. Hay humores que humillan; y a mí me interesan los que deshumillan», señaló el escritor colombiano. Ambos reflexionaron sobre la capacidad de la risa para acercarse a experiencias difíciles sin negar su complejidad. No como una forma de ocultar el dolor, sino como una manera de convivir con él y de cuestionar aquello que parece inamovible. Camila Sosa Villada llevó esa reivindicación del humor a un terreno más personal. «Yo me río de todo. Soy un maricón viejo, fui maricón en los 90. Yo me río de lo que se me da la gana, porque es mi derecho y mi lujo poder hacerlo», afirmó ante un público que alternaba la carcajada con el asentimiento.
Esa misma tensión entre humor y vulnerabilidad reapareció en ‘La risa incómoda: tres maestras del humor feroz’. Laura Ferrero destacó la obra de Dorothy Gallagher, una autora capaz de utilizar la ironía para desmontar mitos familiares, sentimentales y personales sin renunciar por ello a la profundidad emocional. Incluso cuando escribe sobre el duelo o la enfermedad, explicó, Gallagher se resiste a convertir el dolor en un monumento solemne. El humor aparece entonces como una forma de cuestionar el relato sin negar la experiencia.
Mientras tanto, la Feria seguía latiendo a su ritmo habitual. Las colas para las firmas crecían a medida que avanzaba la tarde, las bolsas llenas de libros recorrían los paseos de El Retiro y el flujo constante de visitantes conectaba unos espacios con otros. Entre el bullicio propio de un sábado de Feria, las preguntas que se escuchaban en sus diferentes espacios encontraban eco más allá de ellos.
Entre las casetas y los diferentes pabellones de la Feria, la risa fue hoy mucho más que una reacción. Sirvió para hablar de aquello que duele sin dejar que el dolor tuviera la última palabra.
Quizá por eso algunos de los momentos más lúcidos de la jornada llegaron acompañados de una carcajada.
Y es que hay chistes que no terminan con el remate. A veces empiezan justo después.
Fotos © Gustavo Valiente


